Adaptado
del documento original con el permiso de sus autores:
Jorge Sennewald y Rubén Proietti – Organización
Aciera
En
un año electoral y, tal como ha ocurrido en los últimos
años, escuchamos del ofrecimiento de candidaturas
o espacios que los partidos políticos hacen a líderes
cristianos, o de candidatos que buscan el apoyo de “los
cristianos”. También vemos cómo algunos
pastores procuran sumar adhesiones a ciertos candidatos
o partidos, ya sea porque les han prometido “beneficios”
para los cristianos o alguna cuota de poder. En este contexto
algunos han llegado a hablar de “un partido político
cristiano”, idea que gracias a Dios nunca ha prosperado
en México o en España y tiende a dejar de
mencionarse.
Si bien como denominación cristiana respetamos e
incluso toleramos las decisiones de cada uno de nuestros
miembros, dadas las múltiples consultas y situaciones
que se han generado, parece oportuno expresar el consenso
que debe caracterizar a las iglesias de nuestra denominación
sobre este asunto.
Podemos
otorgar el beneficio de la duda y suponer que, tanto los políticos
que hacen los ofrecimientos como los pastores que los aceptan, tienen
las mejores intenciones y buscan solo la purificación de la
política y el bien común. Tanto unos como otros se
equivocan y, en el caso de los pastores, este error tiene consecuencias
fatales para la iglesia y el evangelio.
Los
políticos se equivocan cuando entusiasmados por el
creciente número de cristianos en Latinoamérica
o en España creen que si logran sumar a su causa
a alguno o algunos de sus líderes detrás de
ellos vendrá “el voto cristiano”. No
entienden lo que es la iglesia cristiana y cómo funciona.
Este pensamiento responde a la idea de ver a las iglesias
cristianas como sectas y pensar que sus miembros son seguidores
dóciles de sus líderes. No existe tal relación
de influencia directa entre los líderes y el pueblo
cristiano. La mayoría de quienes en algún
país de América Latina intentaron esto no
llegaron a sumar ni siquiera los votos de su propia congregación.
¿Está
mal que la iglesia se interese y actúe en los
problemas sociales?
Claro
que no. Las iglesias cristianas tienen aquí una amplia experiencia
y su participación en situaciones de crisis sociales, educación,
adicciones, pobreza, marginalidad y defensa de la vida aún
no ha sido valorada en su justa dimensión por el resto de
la sociedad.
¿Está
mal que un cristiano participe en política?
Por
supuesto que no. Debemos animar a nuestros hermanos y hermanas a
estar presentes en todos los ámbitos de la sociedad con excelencia,
entrega y santidad. Esto incluye también el ámbito
de la política. Creemos que como iglesias cristianas no hemos
alentado suficientemente a nuestros miembros a una participación
política comprometida y responsable. Por diferentes razones
históricas y teológicas, en los medios cristianos latinoamericanos
siempre se vio el ámbito de la participación política
como algo sucio que debía evitarse. Es tiempo de cambiar esta
mentalidad.
No
obstante, pretender participar en la lucha política como iglesia
o “pueblo cristiano”, es una distorsión de la
misión de la iglesia. Es misión de la iglesia defender
valores como los de la vida, la justicia, la verdad, la igualdad,
la dignidad humana o la santidad de la creación, por mencionar
solo algunos. Cuando lo ha hecho, ha afectado verdaderamente a la
sociedad y más de una vez ha tenido que pagar el alto precio
del sacrificio.
La
lógica de la política es contraria a
la lógica del reino de Dios. La política
se construye con poder, el Reino de Dios se extiende
con servicio y con integridad
La
tentación hoy llega bajo la promesa de cuotas de poder o de
privilegios. “Si nos votan tendrán este espacio”, “Si
nos votan lograrán estos privilegios”. La iglesia no
está para servirse a sí misma. La transformación
social jamás se hará desde el poder. Quien quiera afectar
a la sociedad en nombre de Jesucristo lo hará desde el servicio
y no desde el poder.
Recordemos
algunos ejemplos de la historia reciente: ¿Quién
cambió la historia de los Estados Unidos en el siglo
XX? ¿Los políticos evangélicos, algunos
de ellos racistas, defensores de la pena de muerte y la
guerra; o el pastor afro americano Martín Luther
King con su prédica que lo llevó al martirio?
¿Quién afectó más la situación
en Sudáfrica, los políticos, muchos de ellos
evangélicos reformados sostenedores del apartheid,
o el obispo Desmond Tutu? Por supuesto que lo que estos
hombres hicieron tuvo consecuencias políticas, pero
no obraron desde el poder político
sino desde la “debilidad” de la entrega, la
coherencia y la fe.
Algunos
dicen: “necesitamos verdaderos cristianos en la política”.
Es un error si se piensa
que el solo hecho de ser cristiano es suficiente. Lo que
se necesita en la política son hombres y mujeres
preparados, capaces, íntegros, honestos, eficientes,
con los mismos valores que defendemos, y si tienen una fe
en Jesucristo, mucho mejor. Muchos caen bajo la seducción
del poder y aceptan candidaturas políticas sin más
antecedentes que sus tareas ministeriales. Son hombres de
Dios preparados para servir a Dios y es de reconocer que
en el arduo trabajo pastoral son experimentados y preparados.
Pero en el área política ¿Cuál
ha sido su militancia? ¿Cuál ha sido su formación?
¿Cuentan con un proyecto para la transformación
social desde el punto de vista político? Suele responderse:
“es una puerta que Dios abre”.
La
tentación del poder es una de las más difíciles
de resistir y suele venir bajo un sutil disfraz. Jesús
mismo tuvo que soportar esta tentación
Vale
entonces recordar el consejo de Pablo a quienes en la iglesia
de Filipo peleaban por cuotas de poder. A ellos les dijo:
“Cada uno no debe velar por sus propios intereses
sino por los intereses de los demás. La actitud de
ustedes debe ser como la de Cristo Jesús, quien…
no consideró el ser igual a Dios como algo a qué
aferrarse. Por el contrario, se rebajó voluntariamente
haciéndose como siervo, semejante a los seres humanos.
Por eso Dios lo exaltó hasta lo sumo”.
El
mundo necesita más políticos que se
encuentren con el poder transformador de Jesucristo
y no más cristianos, católicos y evangélicos
que se dejen seducir por el poder temporal de la política.